Un día, al ver a un anciano prepararse para la oración bajo la sombra de un olivo, Omar se acercó y le preguntó:— ¿Por qué te detienes cinco veces al día? El mundo no se detiene por nosotros.
Desde aquel día, Omar no volvió a ver la oración como una obligación, sino como un refugio. Su vida seguía siendo agitada, pero su corazón ya no estaba vacío. Había descubierto que la oración es el hilo de luz que conecta lo efímero de la tierra con la eternidad de Dios.
— Cuando dices Allahu Akbar , —continuó el anciano antes de empezar— dejas el mundo detrás de tu espalda. En ese momento, no eres un comerciante ni un campesino; eres simplemente un siervo ante su Creador. El Corán dice que fuimos creados para este reconocimiento.